Esta tarde, he ido a recoger a mis primos del colegio. Como es costumbre, ellos se han querido quedar a jugar con los demás niños, con lo que yo, he cogido mi bolsa de pipas y me he sentado a verlos jugar. En un momento dado, algo ha chocado contra mi zapato y una niña ha venido corriendo a recogerlo. Era una canica.
Me he quedado mirando la canica y la niña al darse cuenta ha decidido dejármela. Me ha contado cómo se llamaba la canica y donde la había ganado. Al ver que yo le prestaba atención, ha sacado un estuche lleno de ellas y ha empezado a enseñarme las más bonitas de su colección. Más niños la han imitado al ver la admiración que las canicas causaban en mí. De repente he tenido ante mí las canicas más bonitas que había visto nunca y mentalmente he vuelto a mi niñez.
Los destellos que las canicas emitían al ponerlas a la luz me han hecho recordar la ilusión con la que las coleccionaba. Esa inocente ilusión que es causada por cosas pequeñas e insignificantes. Cuando crecemos, somos incapaces de experimentar, ni siquiera en los grandes gestos, esa ilusión que nos causaba el ganar una canica especial. ¿En qué momento de la vida perdemos esa inocencia, esa habilidad para ilusionarnos y ser felices por cualquier cosa? Me ha invadido un sentimiento de melancolía al pensar en ello y recordar mi infancia.
El escuchar mi nombre me ha sacado de mis ensoñaciones y me he descubierto a mi misma mirando al cielo a través de una canica azul. Era mi prima que desde el suelo arrodillada me invitaba a jugar con ellos. Al volver a casa, tenía las rodillas sucias y una sonrisa en el corazón.
Me he quedado mirando la canica y la niña al darse cuenta ha decidido dejármela. Me ha contado cómo se llamaba la canica y donde la había ganado. Al ver que yo le prestaba atención, ha sacado un estuche lleno de ellas y ha empezado a enseñarme las más bonitas de su colección. Más niños la han imitado al ver la admiración que las canicas causaban en mí. De repente he tenido ante mí las canicas más bonitas que había visto nunca y mentalmente he vuelto a mi niñez.
Los destellos que las canicas emitían al ponerlas a la luz me han hecho recordar la ilusión con la que las coleccionaba. Esa inocente ilusión que es causada por cosas pequeñas e insignificantes. Cuando crecemos, somos incapaces de experimentar, ni siquiera en los grandes gestos, esa ilusión que nos causaba el ganar una canica especial. ¿En qué momento de la vida perdemos esa inocencia, esa habilidad para ilusionarnos y ser felices por cualquier cosa? Me ha invadido un sentimiento de melancolía al pensar en ello y recordar mi infancia.
El escuchar mi nombre me ha sacado de mis ensoñaciones y me he descubierto a mi misma mirando al cielo a través de una canica azul. Era mi prima que desde el suelo arrodillada me invitaba a jugar con ellos. Al volver a casa, tenía las rodillas sucias y una sonrisa en el corazón.
perder la inocencia, la ilusion y la felicidad de la que gozamos de niños es uno de los mayores errores que cometems al crecer...nunca deberiams ser capaces de dejar el mundo de nunca jamas...nunca.
ResponderEliminar;)
Luego estamos los que en el fondo, a pesar de seguir siendo críos, tenemos nostalgia de nuestra niñez... y leemos esto y nos echamos a llorar, pero con una sonrisa, en los labios y, como tú, en el corazón...
ResponderEliminarTvB